Certámenes de belleza y violencia simbólica: ¿Quién decide si eres “bonita”?

En Oaxaca se designó que los certámenes de belleza son violencia simbólica contra las mujeres

Después de que en 2021 los certámenes de belleza fueran declarados un acto de ‘violencia simbólica’ contra las mujeres en Oaxaca, la mecha de por sí ya corta entre “quienes se quejan por todo” y “quienes  quieren mantener las cosas como están” se consumió estallando una caótica dinamita en redes sociales.

Certámenes de belleza y violencia simbólica: ¿Quién decide si eres “bonita”?

Sobre estos términos –violencia simbólica, violencia contra las mujeres y la generación de cristal– vale la pena centrarnos para revisar qué tanto afectan los certámenes de belleza y sus estereotipos físicos, mentales y normativos a una sociedad integrada no solo por mujeres cada vez más conscientes, sino por varones, adultos, adolescentes, niños y niñas que interactúan, se necesitan y vinculan entre sí.

Aunque pudiera parecer exagerado que en estos días “ya no se puedan hacer comentarios a la ligera porque todo puede resultar ofensivo”, lo cierto es que un comentario mal intencionado o dicho de forma incorrecta puede destrozar una vida.

Sí, todos hemos recibido críticas, sido víctimas de bullying y este tipo de interacciones son inevitables a lo largo de nuestro desarrollo, sin embargo aquellas burlas o críticas ofensivas que categorizan a las personas como si fueran productos necesitados de etiquetas van más allá del simple humor sarcástico. Las etiquetas hechas contra cuerpos, rostros, apariencia, estilos, formas de pensamiento, tradiciones, comportamientos y costumbres dejan heridas profundas que difícilmente, sin consciencia de su existencia, lograremos sanar.

Sin la intención de segregar aún más la relación entre hombres y mujeres, es necesario enfocarnos en esta falsa guerra de géneros impuesta desde hace muchos años para ejemplificar la violencia simbólica de una forma sencilla y orientada al impacto que los estándares de belleza, dentro, fuera y más allá de un certamen, tienen para todas las personas.

A nosotras, las mujeres, se nos ha enseñado a mantener una constante competencia entre todas para obtener la tan ansiada aprobación del varón en sus distintas presentaciones: el padre, el amigo, el jefe, el hijo, el amante y la pareja. Para llegar a este punto se pasan por varios filtros. El primero de ellos podría denominarse como el de “la más”: quién es la más bonita, la más inteligente, la más sexy, la más recatada, la más atractiva y la mejor para el fin que requiera el varón.

Como Coral Herrera y otras mujeres enfocadas en el estudio de las relaciones afectivas lo han señalado, a estas etiquetas se nos van añadiendo roles, esquemas y estereotipos mentales y de comportamiento, así nuestras emociones, energía, pensamientos y alternativas creativas se reducen a una lista de pendientes que llenar.

El premio por ser “la mejor” se paga con cariño, admiración, respeto y reconocimiento por parte de los varones, así como por el saberse superior a las del mismo género. Sin embargo también replica la violencia simbólica y la hace perpetua en un ciclo vicioso de manipulación, opresión y desaliento para nosotras.

Como el entrañable Pierre Bourdieu lo dijo, este es “un tipo de violencia amortiguada, insensible e invisible para las propias víctimas que se ejerce a través de los caminos de lo simbólico y lo intangible”, es decir, una violencia tan sutil que parece inexistente pero está allí, al acecho, permeándolo todo.

Para el teórico francés, la violencia simbólica ejemplificaba el comportamiento en las relaciones de dominación tradicionales del género masculino sobre el femenino, siendo estos géneros vistos no como iguales o complementos, sino como sujetos participantes en un ejercicio de poder.

Los certámenes de belleza parten de una vieja tradición europea en la que los pueblos y comunidades elegían a reyes y reinas simbólicos para realizar sus distintas festividades. La costumbre llegó a Estados Unidos y se popularizó entre los habitantes, hasta que en 1921 se llevó a cabo el primero en Atlantic City.

Este, conocido como Miss America, incluyó una competición en trajes de noche, baño y espectáculos musicales, entre los que el jurado eligió a la concursante más elocuente, simpática, ingeniosa y creativa entre otras “cualidades femeninas”. La ganadora fue Margaret Gorman y desde entonces el resto fue historia.

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